Ser feliz cuando se sufre lo indescriptible


Estas líneas son un homenaje a nuestra amiga y compañera Marcela Zuluaga Toro.

A su esposo Iván y a sus dos hijitos Juan Javier y Celeste.


Una luz azul, muy tenue y que palpita lentamente es hoy nuestra amiga Marce. La esperanza ha sido como un lazo muy grueso al que hemos estado aferrados familiares y amigos desde que supimos de su enfermedad y por el que ahora nos estamos resbalando precipitadamente mientras sentimos que se laceran nuestros corazones. No hay nada que hacer, dicen ya los médicos, pero todos seguimos agarrados, sin podernos ni querernos soltar.


“Hay vida y si hay vida, es posible un milagro”, me decía Adri -una de las mejores amigas de Marce- y yo impulsivamente asentí, apretando mis ojos y mi corazón como quien no quiere escuchar una verdad que la realidad grita cada vez con más intensidad. Y esa realidad, por la que atravesó también mi mamá, golpea sin duda mi fe en la felicidad, esa de la que tanto hablo y que me propongo cultivar todos los días. ¿Se puede al menos hablar de felicidad en estas circunstancias? ¿Se puede seguir soñando con la felicidad sabiendo que a todos nos amenaza el dolor en formas indescriptibles? ¿Acaso la felicidad es una fantasía infantil que tarde o temprano se estallará contra la roca dura y afilada del sufrimiento? ¿Será que por mucho, la felicidad es simplemente disfrutar mientras se pueda y aceptar lo demás, tal como llegue?


Hacerme estas preguntas, desde la salud y el bienestar en el que me encuentro en este momento, podría sonar irrespetuoso y hasta ofensivo. Sin embargo, me descalzo y me atrevo a acercarme a estas inquietudes como un niño que quiere comprender lo más esencial para vivir, y también como el adulto que sabe que estos interrogantes son inspiraciones que guiarán siempre mi camino en la búsqueda de un sentido cada vez más profundo de lo que somos.


En medio de la noche oscura, la primera estrella que alcanzo a observar es la sonrisa de Marcela, esa que la ha acompañado siempre, pero de manera especial esa que he podido ver en estos momentos mezclada con gestos de dolor. Hay algo allí de un incalculable valor que me habla de esperanza y me lleva a pensar en el significado de aquella expresión de Viktor Frankl: la última de las libertades humanas.


¿Qué puede elegir quien vive una enfermedad terminal o en el caso del Dr. Viktor Frankl, quien se encuentra en la peor de las prisiones bajo las más terribles humillaciones y una amenaza constante de muerte? En su libro, El hombre en busca de sentido, describe el estado de arrinconamiento al que puede ser llevado un ser humano cuando es privado de cualquier oportunidad creativa, de hacer algo con lo se sienta productivo y de obtener placer aún en pequeñas dosis; un estado en el que la vida está “casi vacía tanto de creación como de gozo […] restringida por fuerzas que le son ajenas” (1979) y frente al cual, afirma Dr. Frankl, es posible lograr un sentido y un propósito desde el cual se viva el dolor de un modo diferente, superior.

Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias. (1979)

Marcela es sin duda uno de esos “pocos” que consuela aún desde su dolor, que no para de pensar en cómo servir a los demás aún cuando su cuerpo se limita cada día. ¿Y quiénes son esas pocas personas que logran vivir con grandeza su dolor? Aquellos que han cultivado un jardín interior y que pueden refugiarse en el cuando todo parece perdido. Todo, excepto la última de las libertades, excepto el amor con el que se ha vivido.


Sigo sin saber si se puede hablar de felicidad en un momento de dolor como el que atraviesa Marcela. Lo que si me atrevo a afirmar es que quien ha cultivado su felicidad, quien ha construido una vida con propósito y ha servido con amor a los demás, tiene muchísimas, muchísimas más herramientas para afrontar la adversidad, darle sentido, sonreír y dejar una huella imborrable e inspiradora en el corazón de sus familiares y amigos.


En las notas que dejó mi mamá, encontré esta frase: “Sólo lo que sale del corazón llega al corazón de los demás” y se queda allí, palpitando en el corazón, transitando eternamente de corazón en corazón.


Gracias Marce.



Las estrellas rasgan la noche con su luz vibrante, proyectan lenguas doradas en el cielo oscuro, como otros tantos volcanes surgidos del abismo. Más abajo, un pueblo tranquilo, con las ventanas iluminadas. Alrededor la masa negra del campo y las colinas cercanas. En 1889, quizá desde la ventana de su habitación en el sanatorio donde se encontraba por voluntad propia, Van Gogh quiso captar en esta obra el encuentro de la oscuridad y la luz.


En ocasiones nos sentimos tan lejos de la felicidad que tenemos la sensación de que ha dejado de existir. Hace ya tanto tiempo que no percibimos de ella más que un rumor lejano… ¿Abandonar, renunciar? No, ese rumor, aparentemente lejano de nosotros, constituye la prueba de que la felicidad existe en alguna parte. Por lo tanto hay que luchar, no tanto contra algo en el exterior, sino contra la oscuridad que a veces, ensombrece el alma. Y más aún, no luchar contra, sino luchar para: para no olvidar la luz.


Comentario de Christophe André a la obra La Noche Estrellada.

Médico psiquiatra y psicoterapeuta. Trabaja en una unidad especializada en el tratamiento de trastornos emocionales, ansiosos y depresivos en Francia, ayudando a sus pacientes a liberarse del sufrimiento y a recuperar el sentido de su existencia.



Para lograr una experiencia más viva de esta obra compartimos una animación donde se puede visualizar el flujo de las pinceladas de Vincent van Gogh. El sonido corresponde al flujo.


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