El verdadero virus que nos llevó al coronavirus



Hace unos 2600 años ocurrió algo que está detrás de esta pandemia. Un virus madre (o padre), silencioso pero poderoso.

Los científicos dicen que, si los virus pensaran, no serían tan letales, pues los más exitosos son aquellos que se portan bien con los humanos, es decir, que conviven en nosotros sin hacernos mucho daño. Así que lo más probable es que el Covid19 tenga sus días contados y corra con la misma suerte que su primo alias “viruela”, quien nos afectó durante 3000 años (tres mil) y mató a unos 300 millones de personas en todo el mundo.


Justo en diciembre del año pasado la OMS estaba celebrando el 40 aniversario de la erradicación de alias “viruela” de la faz de la tierra[1]. Sintámonos muy afortunados si descubrimos la vacuna en un año  año y medio. Mientras tanto, consolémonos con la frase reciente de Bill Gates: “Los efectos del aislamiento serán dramáticos, sí; pero traer la economía de vuelta es reversible, devolverle la vida a la gente, no".

El virus que nació hace unos 2600 años, no era chino sino griego como el yogurt. Y además inteligente, como los griegos. Se comportó como el ramsomware, un virus informático que se hizo popular en el 2014 por su ola de ataques a grandes corporaciones: ingresaba de manera desapercibida gracias a que su tamaño era casi el de una letra y permanecía así por un tiempo, dentro del computador. Luego, iba creciendo hasta que lograba encriptar toda la información y bloquearla por completo. Solo quien lo había instalado tenía la clave para recuperar la información.

En la Grecia antigua se presentó una disyuntiva: los físicos, que también eran filósofos, se preguntaban qué era la materia y cuál era finalmente la ‘naturaleza esencial’ de las cosas. Unos dijeron que la materia estaba viva, que en todo había vida y que materia y espíritu eran la misma vaina. Otros dijeron lo contario, que una cosa eran ‘las cosas’, la materia, y otra el espíritu. Por razones que luego podemos analizar, predominó el segundo argumento y ahí, justo ahí, se sembró el virus que dio origen al coronavirus. Pequeño, silencioso, aparentemente inofensivo y por eso, exitoso.

Todos estamos infectados o al menos, todos vivimos los efectos de la enfermedad que produce. Todos. Y del mismo modo que el ramsomware, por mucho tiempo este virus actuó silenciosamente, pero ahora, cuando ha encriptado tantas mentes, vemos sus estragos.

La mentalidad que se fue configurando a partir de aquel virus, considera que la naturaleza es un montón de cosas y de objetos, unos animados otros inanimados, pero todos aislados. Hemos creído que podemos manipularlo todo, destruir aquí, contaminar allá y luego nos inventaremos un químico para limpiar o para curar, y un producto para mitigar y otro para controlar y ya está. Todo tan perfecto como un reloj suizo. Ya sabemos que la pandemia actual, por fuera de teorías conspirativas, tiene raíces en el modo como hemos configurado nuestra vida humana. Esto no es un planteamiento de derecha o de izquierda, es de sentido común: la globalización, el extractivismo, la producción en masa y otros modelos ya conocidos han creado la tormenta perfecta para esta pandemia y otras tragedias humanas.

Sintamos por un momento la encriptación del antiguo virus griego en nuestra propia mente: pensemos cómo podríamos vivir sin clasificar todo en bueno-malo, hombre-mujer, negro-blanco, derecha-izquierda, bonito-feo, rico-pobre. A veces causa desespero el sólo pensar que hay cosas que no encajan allí o de entrada rechazamos o ridiculilzamos lo que no clasifique en esa bipolaridad.

Ahora, retomemos la otra idea del dilema de los griegos: en todo hay vida; espíritu y materia son lo mismo. ¿Cómo sería nuestra relación con lo que nos rodea si lográramos ver La Vida en todo? o como dicen algunos místicos, poetas, sabios -todos maravillosamente locos-, si pudiéramos comprender que todo es sagrado, que en todo hay vida y belleza para ser cuidada y admirada y no sólo objetos para ser usados y tirados. ¿Qué equilibrio logaríamos adentro y afuera, si nos reconociéramos como una integridad que a su vez está íntimamente relacionada con los demás y lo demás?


Como lo expresa el Papa Francisco: “Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (Laudato Si, n.11)


Hay señales de ese cambio de paradigma: la física moderna, las medicinas integrativas, las economías verdes, las organizaciones teal y las experiencias auténticas de sostenibilidad, vienen configurando nuevos lifestyles personales, organizacionales y sociales, dispuestos a romper con ese viejo paradigma que hoy está en rotunda crisis.


¿Qué futuro nos depara? Aunque nadie lo sabe, la única certeza es que depende de nosotros. Y hoy, como hace tantos años, enfrentamos el mismo dilema: o seguimos viendo todo separado, cosificando la vida, la salud, la educación, el amor, el sexo, la libertad, la felicidad; o nos reconocemos uno con el otro y uno con todo. Esa última es la visión solidaria, ecosistémica o ecohumana que podría llevarnos a otra normalidad. Otra, donde no sea normal la contaminación, la corrupción, la inequidad, la falta de acceso a salud y educación de calidad y la violencia en múltiples y degradantes formas.

Imaginemos juntos ese nuevo futuro. Hagámoslo realidad desde acciones cotidianas, desde la consciencia humana y ciudadana. No depende sólo del presidente o de los grandes líderes. La consciencia es el nuevo poder que nos llevará a consumir de otra manera, a relacionarnos de otra manera y a vivir de otra manera; donde los gobiernos y liderazgos del viejo paradigma se caigan por su propio peso y obsolescencia.


Un grupo de ciudadanos y organizaciones, hemos creado un grupo abierto de WhatsApp llamado Eco-humanidad, para compartir información seria, relevante y constructiva que nos aporte para vivir el presente y el futuro de otra manera, para configurar una auténtica evolución personal, familiar, organizacional y social.


Únete aquí: https://chat.whatsapp.com/EPpvDZLpASGCPibt2PcXNh


¡Se el cambio que quieres ver en el mundo!


[1] https://www.who.int/es/news-room/detail/13-12-2019-who-commemorates-the-40th-anniversary-of-smallpox-eradication

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